sábado, 18 de julho de 2009

Endulzados pero no empalagados

Llegué exactamente media hora antes. Esta vez intencional, tenía tiempo y no quería que me agarrase la “hora pico”. Es literalmente eso; la hora pico nos agarra, nos pecha, nos aprieta, nos absorbe. En algunos minutos habrá miles de anónimos peleando por un espacio que ni siquiera es un banco; es matarnos para tener la posibilidad de subir, de ocupar un lugar dentro de lo ya ocupado.

Pedí un café con edulcorante y mi saladito preferido: el famoso “pão de queijo”. Originario de Minas Gerais, pero que se encuentra en cada rinconcito de cualquier ciudad brasilera. Eso es algo que voy a extrañar cuando vuelva a vivir en un lugar más habitable.

Mientras espero una compañera con la que habíamos combinado tomar un café, percibo que olvidé mi sección semanal de reiky. No me gusta ir al psicólogo y felizmente estamos en la era de las terapias alternativas. Las prefiero, generalmente me dicen lo que quiero escuchar.

Cambié de día y no me acordé. Se me ocurren dos “soluciones” posibles. Llamar y decir la verdad o llamar e inventar una buena excusa. Había una tercera, podía no llamar, pero esa parecía la menos apropiada. Mi problema no es encontrar o no una disculpa apropiada. Mi problema es cancelar, porque me molesta mucho ser cancelada. Recibir una llamada con la frase “discúlpame, pero no llego, me pasó tal o cual cosa” me incomoda profundamente. Hacerlo también.

El celular contribuye para que nos sintamos menos culpables. “Llamo y aviso”, puedo hacerlo de cualquier lugar y si no tengo crédito suficiente, basta con enviar un mensaje.

Pero cancelar no significa únicamente faltar al encuentro marcado, cualquiera que sea. Cancelar es también no permitir que el otro te cuente lo que tenia para contarte en el momento que quería hacerlo. Es no darle la oportunidad de mostrarte su camiseta preferida, esa que se colocó para agasajarte y para que notaras. Es no darnos la posibilidad de escuchar una buena noticia, un lamento, una protesta. Es perder la ocasión de ser acogidos, abrazados, besados. Cancelar es no dar chances, cancelar es perder chances, a veces para ganar otras, siempre para perder algunas.

Cancelar mi sección de reiky era no darle la chance a alguien de ofrecer lo que tenía preparado para mí. Cancelar la sección de reiky era no darme la chance de recibir lo que alguien había preparado para mí. Aunque nunca consiga relajar porque mientras me pide que escuche la música, yo oigo la bocina de los autos y mientras me indica que piense en los pajaritos o el sonido de la lluvia, yo pienso que mi día debería tener más horas. Mismo así, no me gusta perder oportunidades. Un día tal vez consigo. O admito que las terapias alternativas exigen almas más profundas, o por lo menos, menos ansiosas.

Mi compañera llega, usando un sin fin de palabras y segundos explicando el motivo de sus treinta y dos minutos de atraso. Podría coleccionar excusas. Todos los días surge alguna nueva. Todas convincentes, pocas verdaderas. Una opción más que podré utilizar un minuto después cuando efectivamente llame y cancele mi encuentro marcado y olvidado. Y así continuamos. Llamando y disculpándonos, cancelando y avisando. Dejándonos endulzar, pero sin empalagar.