quarta-feira, 2 de dezembro de 2009

Por suerte o por estrategia


La escena se repite cada vez. La sala está llena, la mayoría son mujeres mayores de cuarenta años. Algunas acompañan, otras son acompañadas. Compartimos algunas cosas, no compartimos otras. Canasto repleto de revistas, casi todas cuentan la vida social de los artistas, casamientos y divorcios, marcas de ropas y últimas noticias. Otras, pocas, del tipo “muy interesante”, generalmente son las que más se ven en el revistero.

Agarré una sobre turismo, específicamente sobre promociones de cruceros, no porque me interesara y sí porque era la que estaba más “a mano”. No pasé de la tercera hoja. Esa escena también siempre se repite, pocas veces las revistas me resultan una buena opción para la espera, por dos motivos principales: los revisteros siempre están colocados en un rincón de la sala, entre dos sofás que cuando llego ya están ocupados, lo que no facilita el menor diálogo entre la revista que quiero leer y yo. La segunda razón es que otras cosas ocupan más mi atención, como escuchar las conversaciones que se dan al lado mio. Me divierte hacer conjeturas y conferir después; adivinar el vinculo que hay entre esas dos personas que están al lado, generalmente madre e hija que hablan mal de algún pariente. De un momento a otro el tema deja de ser medianamente privado (ya no era enteramente privado porque mis oídos escuchaban todo lo que hablaban) para ser asunto público. Esta vez, como casi todas, el tema que más que público era popular, era la novela de las 8, que extrañamente pasan a las 9 y que todavía nadie me supo explicar cuál es la razón de tal cuestión.

Pronto, lo que era tema de una dupla, que levantaba la voz cada vez más con una invitación sutil y previsible para que el tema convocara al resto, pasa a ser de toda la sala. Objetivo conseguido, entendimos y aceptamos la invitación. Todas, absolutamente todas sabíamos de lo que se estaba hablando. Inclusive yo. Conocíamos con detalle la historia de cada personaje y hacíamos previsiones de lo que acontecería con cada uno de ellos. Aunque debe hacer solo unas seis semanas que comenzó, ya tenemos nuestros personajes favoritos, detestamos a "la mala" y hacemos fuerza para que los actores principales se encuentren y pasen el resto de sus vidas, o por lo menos de la novela, juntos.

Habían pasado cuarenta minutos y yo todavía estaba ahí, preguntándome, como siempre hago, por que nos citan de diez en diez minutos si solo nos llamarán de cuarenta en cuarenta. Mismo así, sigo llegando a la hora marcada. Es así -pensé- algunos esperamos, otros son esperados.

Hago de mis pensamientos una frase que sale en voz alta y llama la atención de la recepcionista más por mi acento que por la originalidad de mi pregunta, que al juzgar por su respuesta, su sonrisa fingida y su tono de voz, todos los días escucha la misma queja. Ignorada e impaciente pienso que, por suerte o por estrategia, en consultorio de médico generalmente hay café y a veces, ya está con edulcorante.

segunda-feira, 23 de novembro de 2009

10 E

Un sinfín de acontecimientos, todos similares, independientemente del destino o cantidad de horas de vuelo que te separen de un lugar a otro, suceden 15 minutos antes que se cierre la puerta del avión hasta el esperado “Bienvenidos a la ciudad tal, son las x horas, horario local. El tiempo es bueno (o lluvioso) con x por ciento de humedad”.

El primer y más importante indicador de que el viaje será bueno o no, es ver una frazada en el asiento. Si está, el resto es totalmente secundario. Después de haber enfrentado una fila de 56 personas para embarcar, esperaba por lo menos, no pasar frio durante las próximas 6 horas.

Asiento 10 E. Pienso que en los aviones es uno de los pocos lugares donde las letras son mucho más importante que los números. La mía era E. Eso significa que si necesito ir al baño tengo que despertar a mi compañero de la derecha y dar paso a mi compañero de la izquierda, en caso de que también le vengan ganas. Si preciso algo de la mochila, tendré que esperar a que la persona que está al lado también precise algo de la suya, o deje de hacerse el dormido y me dé lugar, entre otras muchas situaciones posibles. La letra E en este caso significa “estás en el medio y aguántate piola”.

Si se tratara de preferencias, de día prefiero el pasillo y de noche la ventana. Pero esta vez no fue mi vez de elegir. Como otras tampoco lo han sido. Ya me tocó la última fila donde los asientos no se reclinan, y sentarme en la salida de emergencia donde no se pueden estirar los pies. Nunca en la clase ejecutiva, donde las almohadas son más grandes y el respaldo de los asientos más alto, como si el tamaño del pescuezo se adaptara a cuanto tenemos en la billetera o al límite de la cuenta de crédito. Una vez, hace poco tiempo, cuando desembarcaba, robé un neceser que había quedado en un asiento de primera clase. Confieso que fue pura curiosidad, aunque la justificativa no me libre del pecado! Como era de esperarse, tenía más cosas que los que recibimos el resto de los pasajeros, pero una cosa me llamó poderosamente la atención y todavía se roba algunos minutos de mis pensamientos … el sallete de la pasta de dientes contenía 3 gramos más, exactamente el doble del que yo había recibido. Curioso.

Solo 15 minutos habían pasado desde que entré. Ya había recibido la frazada. Las puertas se cierran y la azafata comienza su discurso con esa voz que siempre suena exactamente igual, no importa de donde provenga, la aerolinea que represente o el idioma que hable, el timbre de voz es el mismo. Después de decir su nombre, el del “comandante” y todo su equipo, los cuales nadie registra y nadie pronunciará en las próximas 6 horas, siguieron las advertencias, que pueden resumirse en tres grandes recomendaciones: “localice la salida de emergencia más próxima a su asiento; en caso de accidente coloque la máscara de oxigeno de acuerdo con las indicaciones del manual que tiene en frente y recuerde: su asiento es fluctuante”.

Me rio intentando imaginar a 138 personas, en medio del caos, decidiendo en cual puerta de emergencia hacer la fila. Debería haber también una “preferencial” como en las cajas de supermercado, pensé, mientras escucho la frase que le daría descanso a mi ironía: “La señora prefiere café, té, chocolate o jugo?”. Café con edulcorante, por favor. Lo de señora también era secundario.

sábado, 18 de julho de 2009

Endulzados pero no empalagados

Llegué exactamente media hora antes. Esta vez intencional, tenía tiempo y no quería que me agarrase la “hora pico”. Es literalmente eso; la hora pico nos agarra, nos pecha, nos aprieta, nos absorbe. En algunos minutos habrá miles de anónimos peleando por un espacio que ni siquiera es un banco; es matarnos para tener la posibilidad de subir, de ocupar un lugar dentro de lo ya ocupado.

Pedí un café con edulcorante y mi saladito preferido: el famoso “pão de queijo”. Originario de Minas Gerais, pero que se encuentra en cada rinconcito de cualquier ciudad brasilera. Eso es algo que voy a extrañar cuando vuelva a vivir en un lugar más habitable.

Mientras espero una compañera con la que habíamos combinado tomar un café, percibo que olvidé mi sección semanal de reiky. No me gusta ir al psicólogo y felizmente estamos en la era de las terapias alternativas. Las prefiero, generalmente me dicen lo que quiero escuchar.

Cambié de día y no me acordé. Se me ocurren dos “soluciones” posibles. Llamar y decir la verdad o llamar e inventar una buena excusa. Había una tercera, podía no llamar, pero esa parecía la menos apropiada. Mi problema no es encontrar o no una disculpa apropiada. Mi problema es cancelar, porque me molesta mucho ser cancelada. Recibir una llamada con la frase “discúlpame, pero no llego, me pasó tal o cual cosa” me incomoda profundamente. Hacerlo también.

El celular contribuye para que nos sintamos menos culpables. “Llamo y aviso”, puedo hacerlo de cualquier lugar y si no tengo crédito suficiente, basta con enviar un mensaje.

Pero cancelar no significa únicamente faltar al encuentro marcado, cualquiera que sea. Cancelar es también no permitir que el otro te cuente lo que tenia para contarte en el momento que quería hacerlo. Es no darle la oportunidad de mostrarte su camiseta preferida, esa que se colocó para agasajarte y para que notaras. Es no darnos la posibilidad de escuchar una buena noticia, un lamento, una protesta. Es perder la ocasión de ser acogidos, abrazados, besados. Cancelar es no dar chances, cancelar es perder chances, a veces para ganar otras, siempre para perder algunas.

Cancelar mi sección de reiky era no darle la chance a alguien de ofrecer lo que tenía preparado para mí. Cancelar la sección de reiky era no darme la chance de recibir lo que alguien había preparado para mí. Aunque nunca consiga relajar porque mientras me pide que escuche la música, yo oigo la bocina de los autos y mientras me indica que piense en los pajaritos o el sonido de la lluvia, yo pienso que mi día debería tener más horas. Mismo así, no me gusta perder oportunidades. Un día tal vez consigo. O admito que las terapias alternativas exigen almas más profundas, o por lo menos, menos ansiosas.

Mi compañera llega, usando un sin fin de palabras y segundos explicando el motivo de sus treinta y dos minutos de atraso. Podría coleccionar excusas. Todos los días surge alguna nueva. Todas convincentes, pocas verdaderas. Una opción más que podré utilizar un minuto después cuando efectivamente llame y cancele mi encuentro marcado y olvidado. Y así continuamos. Llamando y disculpándonos, cancelando y avisando. Dejándonos endulzar, pero sin empalagar.

quinta-feira, 11 de junho de 2009

Víspera de feriado

Víspera de feriado, llovía en São Paulo, 293 km de tráfico -bate record- dicen todos los titulares.

Llego en casa, toda mojada, después de haber saboreado un submarino en un rico café argentino, deliciosamente preparado con una barra de chocolate blanco. Antes de secarme, instintivamente prendo la computadora, y me deparo con que la internet no funciona. Intento todas las opciones que se le ocurren a una persona que no sabe nada de informática pero que “necesita” usar su computadora. Ningún resultado. Busco hasta encontrar una tarifa del proveedor, cosa que no suele ser fácil en mi orden particular. Encuentro, tengo dos teléfonos, elijo el 0800 previendo que pasaría varios minutos apretando números de opciones hasta, con mucha suerte, conseguir hablar con alguien. Eso si todas las opciones posibles ya no estuvieran gravadas y la máquina resolviera el problema sin necesidad de más que un humano digitando números.

Efectivamente, comienza la historia “si necesita tal cosa, digite 1; si su problema es equis, digite 2; si desea hablar con un funcionario, digite 3”. Aunque mi problema estuviera entre el 1 o el 2, elijo el 3 porque deseo hablar con un funcionario. Quiero tener el derecho de decir que no tengo internet en mi casa! Ingenuidad mía, la opción 3 dice: “en el momento nuestros operadores están ocupados, por favor aguarde que será atendido a la brevedad”. Quería entender cuál es el concepto de brevedad para los call center, porque ciertamente no coinciden con el mío.

Opto por digitar 2, tal vez algunos de los operadores de la otra línea dejó de estar “momentáneamente ocupado”. Sin suerte. Continúo esperando. Finalmente una voz femenina, que sin dudas deseaba estar descansando en el sofá de su casa, aprovechando la víspera del feriado, pregunta en que puede ayudarme. No tengo internet – respondo -. Momento seguido: su router ADSL está conectado a la electricidad? Confieso que pareció un chiste, pero el tono era tan inexpresivo que entendí que era una pregunta de verdad. Sí, -respondo- mientras pienso como es posible que esa sea la respuesta que recibo después de llevar 13 minutos en la línea. Ella podría preguntarme si hoy tuve un buen día, pero no si el aparatito que me conecta a internet, estaba prendido. Acto seguido “señora, por favor desconecte su cable de conexión y espere 30 segundos”. Mi respuesta fue menos educada que la de ella y mi tono más expresivo: ya hice eso 15 veces – respondí-. Lo había hecho 3, esa es una de las cosas que quien no sabe nada de informática tiende a hacer, desconectar, esperar y volver a conectar. Pero el numero 15 da un énfasis mayor, tal vez así finalmente me daba una sugerencia que resolviera mi problema. No fue el caso. Durante los cuatro minutos que siguieron, mientras ella buscaba en su manual memorizado que otras frases podría repetir, yo pensaba en cual será la fuerza interior que permite que las personas sobrevivan a este tipo de trabajos. Como es posible que alguien resista siendo entrenado para repetir frases hechas, ser simpáticos cuando quieren mandar a sus clientes al fondo del rio, y ser educados cuando el que está del otro lado del tubo merece ser puesto en su lugar. En ese caso, quien estaba del otro lado del tubo era yo. Que estaba con frio, de mal humor y sin internet.

Decido agradecer, y le digo que si el problema no se resuelve, mas tarde me comunicaré nuevamente. Mentira. No lo haría… no resistiría mas 18 minutos de lo mismo en un único día, pero me pareció una decisión saludable para ambas. Aceptando mi feliz determinación me pregunta, con su tono de voz que continuaba con la misma inexpresividad desde el comienzo de nuestra conversación, 19 minutos antes: “Hay algo mas en lo que la pueda ayudar?” Cómo? No me ayudó en nada, sigo sin internet, cada vez mas irritada, perdí 19 minutos de mi tiempo digitando los números 1 y 2, mojada, y me pregunta si me puede ayudar en algo mas? - pensé - pero solo respondí: "no, gracias"; sin entender por que seguíamos ahí. Será que habrá alguien que después de tal situación, todavía tiene voluntad de pedir ayuda para intentar, sin éxito, resolver alguna otra cosa? Y la misma voz a la que mis oídos ya casi se estaban acostumbrando, dice, automáticamente y sin querer decir: “tenga una buena noche”. Es exactamente eso – pensé – estamos precisando de una buena noche y de un buen café... con edulcorante, por favor.

quarta-feira, 3 de junho de 2009

Preparados, listos, ya!



Como solo algunas veces acontece, solté el pelo, pasé delineador marrón en los ojos y un labial que de nunca usarlo ya perdió hasta el color. Frio con sol, siempre es menos frio – pensé- Y salí, atrasada esta vez. Tomé un metro, y después otro. Primer interrogante del día: por cuál de las cuatro puertas salgo? Puede parecer una decisión simple, pero no lo es; cuando el número de opciones es mayor a uno, las decisiones nunca me resultan tan simples.

Finalmente tomé la que, analizando costo-beneficio, era la mejor, y en este caso mejor significaba: escalera mecánica y no tener que atravesar la Avenida Paulista. Que, puede resultar un hermoso paseo los domingos a las 4 de la tarde pero no lo es los martes a las 8 de la mañana donde hay dos grandes chances de ser atropellado: o por un auto, o por una persona.

Me dispuse a caminar y percibí que no tenía idea donde quedaba el lugar hacia donde iba. Decidí confiar en mi intuición y caminé. Es mejor caminar intuitivamente, que preguntar el camino a un brasilero. Veintisiete meses viviendo en este país me han enseñado que si no quiero caminar cuatro veces más de lo que preciso, nunca devo preguntar en la calle. Cuando hacia un rato que estaba moviendo mis piernas, cada vez más rápido, porque, como dije, estaba atrasada y eso es algo que todavía me causa estrés, visualicé un grupo de personas. Pronto, llegué. Estaba donde planeé estar, lo que no garante que despues de un rato, sea donde me quiero quedar. Pasaron dos minutos desde que pasé la puerta de entrada, recogí mi pelo, alimenté mis prejuicios y agradecí una y otra vez haber estudiado en una Universidad Pública.

Después de atravesar el patio, en busca de un nuevo puesto de información, porque las indicaciones recibidas solo eran suficientes para llegar a un tercio del camino, veo un grupo de personas atravesando un molinete y las sigo. Escucho que todos los que estaban adelante preguntaban por un evento sobre sustentabilidad. Yo iba a la presentación de un libro sobre Indicadores de Felicidad Interna Bruta. Debe haber dos salas en el mismo auditorio -pensé – y seguí camino hasta encontrar un afiche que dice: Indicadores de Felicidad Interna Bruta e Sustentabilidad. Sonreí, entendí que poco me importa la sustentabilidad y me sentí tímidamente irresponsable. Sentimiento que duró solo tres minutos, los tres minutos que le llevó a la recepcionista encontrar mi nombre en una lista, tiempo suficiente para percibir que nadie preguntó sobre el evento de felicidad, y sí sobre el libro de sustentabilidad. Decidí que era mejor preocuparme por la felicidad interna bruta porque de las cosas serias, otros estaban tomando cuenta.

Hice un rápido recorrido con la vista para encontrar un lugar y finalmente me senté en el medio de tres sillas libres; era un buen lugar: alcanzaba a ver el power point y la acústica del salón era buena. Exactamente diecisiete minutos después tuve una enorme voluntad de salir de ahí. No tenía nada de feliz esa exposición. Pero en la calle hacia frio y en la sala había calefacción, lo que se tornó motivo suficiente para quedarme un poco más.

Minutos después, desde el palco una voz insinuante y provocadora, como solo los que no se importan con nada tienen, dice “como alguien ya lo ha dicho, pensar que podamos continuar aumentando el consumo en un planeta naturalmente limitado, sólo podía ser pensado por un idiota o un economista”. Con el respeto y el cariño que le tengo a mis amigos economistas, yo acababa de entender la razón, que no era simplemente la calefacción, por la cual todavía estaba allí. Esta mañana merecía un café con azúcar… pero me lo serví con edulcorante.

sábado, 30 de maio de 2009

Último viernes del mes

Hoy no era un día cualquiera, era un viernes, el último viernes de mayo, cinco meses del año que ya pasaron, qué pena!, me gustan los años con números impares. También es el cumple de mi amiga Ana, quería darle un beso grande pero tuve que conformarme con mandárselo por facebook. A ella le gusta celebrar los cumpleaños, como a mí.

Salí corriendo de casa, hice fuerza para que el ascensor bajara más rápido los nueve pisos, en vano, claro. Y continué corriendo sin cumplir la promesa que me hice hace tiempo de no correr ningún ómnibus ni ninguna escalera que me lleva al metro porque en tres minutos pasará otro y nadie muere por esperar tres minutos más. Solo que me olvido de eso más seguido de lo que me gustaría, sigo corriendo y sigo siendo yo quien espera porque como todas las veces… llegué primero!

Llegar primero a todos lados es una de las razones por las cuales decidí escribir este blog… tener algo que hacer mientras espero. Aunque llegar primero en este café no es ningún sacrificio, que lindo es este lugar!! Detalles por donde mires, simplicidad y clase en cada rinconcito. Hoy me duele mucho la garganta y decido cambiar el café por un té. Las opciones fueron: Despertar, Bem estar, e fruta flor. Confieso que aunque Bem estar me sedujo profundamente, no me animé con ninguno.. preferí te verde, bien conocido por mí que vivo haciendo dietas y ese debe ser el té que más he tomado en mi vida!.

Finalmente quien espero llegó y entre los diez pasos que lo separan de mi, hay cinco personas que también lo esperan. No, no estaba esperando ninguna estrella de la tele, pero el es un poco famoso.

Hoy aprendí una cosa interesante: que quien esperas haya llegado al lugar de encuentro, no te garantiza que valorará el tiempo que estuviste esperando ni las veces que ensayaste frente al espejo lo que le dirías… No es preciso decir las veces que lamenté haber salido de casa corriendo, bajar de dos en dos los escalones del metro, y hacerme más un hematoma en la pierna por haberme llevado por delante la catraca.

El tiempo pasa, pido un agua sin gas y sin hielo, y continúo esperando… medio atenta a mis pensamientos y más atenta a lo que me rodea. Casi todos beben lo mismo y comen parecido, pienso que no sea por falta de opciones, ya que la carta es variada, rica en nutrientes y nombres bonitos. Observo que así como generalmente quien usa camisa y pantalón de vestir toma café expreso, la gente que viste zapato sin taco, pantalón suelto y pañuelo en el cuello… come parecido. Me miro, me veo, también estoy usando pañuelo en el cuello, pantalón suelto y zapato sin taco...

Finalmente llegó el momento… de él disponerse a hablar conmigo? No, de pedir un “café con edulcorante, por favor”.

26 de Mayo, Starbucks

Pensé que era simplemente entrar y ser atendido, como en cualquier lugar común, pero no. Intenté sentarme en uno de los lindos sofás… pero todos estaban ocupados.

Dejé mi libro encima de la mesa, la mochila también. Y yo seguía en búsqueda de un sofá, - tengo derecho de sentarme cómoda- pensé, el derecho que me da haber trabajado todo el día en otra

ciudad y de haber pasado dos horas en el transito, en un ómnibus sin baño. Solo habían parejas en los sillones, ninguna parecía muy animada, rostros cansados, probablemente tuvieron un día corrido, como todos los días en esta ciudad, ya nadie se escapa, yo tampoco. En las mesas, solo jóvenes, lucían mas animados, más contentos. Uno intentaba descifrar uno de esos cubos mágicos… cosa que yo nunca conseguí porque mi paciencia es limitada, como ya sabemos.

El olor a café tomaba cuenta de mi, continuo en la mesa sola, literalmente sola porque el café tampoco había llegado, ni había tenido la oportunidad de pedirlo. Como siempre, llegué antes que todo el mundo, lo que hace mucho tiempo dejó de ser una ventaja.

El primer sillón se desocupa, pero el cuarteto de amigos fue mas ágil que yo y lo ocupó.

Ahora una moza pasa cerquita de mi, limpió la mesa de al lado, -pronto, este es el momento en que me va a preguntar que quiero tomar- pensé. Ups! No me preguntó. Las mesas libres comienzan a ser ocupadas, todas por hombres jóvenes solos. Será que también están esperando compañías que salgan del trabajo, y que aunque ya haga dos horas que pasó la “hora pico” deben estar parados en el transito?. Pienso que si.. bueno, esa es la única razón por la que yo estaría aquí... esperando a alguien, porque este no es un lugar que elegiría para pensar sobre mi vida.

Aunque yo no estoy de traje y corbata... será que el tipo de pantalón que usamos nos diferencia en los pensamientos.. He pensado que tiene todo que ver, pero no se.

Música en ingles de fondo, un poco alta para mis oídos que son sensibles a los ruidos, pero no lo suficiente para impedir que escuche la conversación entera del trío de amigas que está en la mesa de al lado, las tres ya terminaron su café, pero siguen ahí. Como yo seguiría si mis amigas estuvieran aquí. Nostalgia? Un poco, pero todavía no lo suficiente para salir de ahí e irme al aeropuerto. Cuestión de actitud? Puede ser.

Las parejas continúan en los sofás, algunas de manos dadas, otras menos animadas y el olor a café me abre el apetito, pero la pereza de guardar mi blok, mi libro y la lapicera de tinta negra fina que estoy usando, y salir en busca de mi café, es más fuerte y continuo aquí, a la espera del encuentro, de un beso y un par de abrazos, tal vez.

Una mesa y tres sillas se desocupan, justo enfrente, yo espero dos personas, será que tendría que cambiarme de lugar y así asegurar que tendremos lugar para los tres?. Mi pensamiento y la punta de la lapicera quieren seguir escribiendo, aquí... casi sin moverse, en un rinconcito tímido de la sala que huele a café y tiene más tomacorrientes que gente. Sí, ahora no sobrevivimos sin computadoras, pero ellas todavía precisan de cargadores y tomacorrientes. No son tan autosuficientes. Y yo me estoy pareciendo tanto a todos y a todas... ya hice una lista de los mails que preciso mandar hoy y del montón de cosas atrasadas que tengo, pensé tres veces en 30 minutos, que es el tiempo que llevo aquí, en que debería haber vuelto a casa y resolver las quince cosas que dejé pendientes.

La primera de las dos personas que espero llegó, en el momento justo como para interrumpir mis pensamientos inútiles y disponerme a tomar un rico café americano. Así es, en la tierra del café, yo pido uno americano. Globalización, lo llaman por ahí.

Segundo convidado aparece, como previsto, gané beso y abrazo. Es hora de ir al balcón y finalmente hacer el pedido:

“café con edulcorante, por favor.”