quinta-feira, 11 de junho de 2009

Víspera de feriado

Víspera de feriado, llovía en São Paulo, 293 km de tráfico -bate record- dicen todos los titulares.

Llego en casa, toda mojada, después de haber saboreado un submarino en un rico café argentino, deliciosamente preparado con una barra de chocolate blanco. Antes de secarme, instintivamente prendo la computadora, y me deparo con que la internet no funciona. Intento todas las opciones que se le ocurren a una persona que no sabe nada de informática pero que “necesita” usar su computadora. Ningún resultado. Busco hasta encontrar una tarifa del proveedor, cosa que no suele ser fácil en mi orden particular. Encuentro, tengo dos teléfonos, elijo el 0800 previendo que pasaría varios minutos apretando números de opciones hasta, con mucha suerte, conseguir hablar con alguien. Eso si todas las opciones posibles ya no estuvieran gravadas y la máquina resolviera el problema sin necesidad de más que un humano digitando números.

Efectivamente, comienza la historia “si necesita tal cosa, digite 1; si su problema es equis, digite 2; si desea hablar con un funcionario, digite 3”. Aunque mi problema estuviera entre el 1 o el 2, elijo el 3 porque deseo hablar con un funcionario. Quiero tener el derecho de decir que no tengo internet en mi casa! Ingenuidad mía, la opción 3 dice: “en el momento nuestros operadores están ocupados, por favor aguarde que será atendido a la brevedad”. Quería entender cuál es el concepto de brevedad para los call center, porque ciertamente no coinciden con el mío.

Opto por digitar 2, tal vez algunos de los operadores de la otra línea dejó de estar “momentáneamente ocupado”. Sin suerte. Continúo esperando. Finalmente una voz femenina, que sin dudas deseaba estar descansando en el sofá de su casa, aprovechando la víspera del feriado, pregunta en que puede ayudarme. No tengo internet – respondo -. Momento seguido: su router ADSL está conectado a la electricidad? Confieso que pareció un chiste, pero el tono era tan inexpresivo que entendí que era una pregunta de verdad. Sí, -respondo- mientras pienso como es posible que esa sea la respuesta que recibo después de llevar 13 minutos en la línea. Ella podría preguntarme si hoy tuve un buen día, pero no si el aparatito que me conecta a internet, estaba prendido. Acto seguido “señora, por favor desconecte su cable de conexión y espere 30 segundos”. Mi respuesta fue menos educada que la de ella y mi tono más expresivo: ya hice eso 15 veces – respondí-. Lo había hecho 3, esa es una de las cosas que quien no sabe nada de informática tiende a hacer, desconectar, esperar y volver a conectar. Pero el numero 15 da un énfasis mayor, tal vez así finalmente me daba una sugerencia que resolviera mi problema. No fue el caso. Durante los cuatro minutos que siguieron, mientras ella buscaba en su manual memorizado que otras frases podría repetir, yo pensaba en cual será la fuerza interior que permite que las personas sobrevivan a este tipo de trabajos. Como es posible que alguien resista siendo entrenado para repetir frases hechas, ser simpáticos cuando quieren mandar a sus clientes al fondo del rio, y ser educados cuando el que está del otro lado del tubo merece ser puesto en su lugar. En ese caso, quien estaba del otro lado del tubo era yo. Que estaba con frio, de mal humor y sin internet.

Decido agradecer, y le digo que si el problema no se resuelve, mas tarde me comunicaré nuevamente. Mentira. No lo haría… no resistiría mas 18 minutos de lo mismo en un único día, pero me pareció una decisión saludable para ambas. Aceptando mi feliz determinación me pregunta, con su tono de voz que continuaba con la misma inexpresividad desde el comienzo de nuestra conversación, 19 minutos antes: “Hay algo mas en lo que la pueda ayudar?” Cómo? No me ayudó en nada, sigo sin internet, cada vez mas irritada, perdí 19 minutos de mi tiempo digitando los números 1 y 2, mojada, y me pregunta si me puede ayudar en algo mas? - pensé - pero solo respondí: "no, gracias"; sin entender por que seguíamos ahí. Será que habrá alguien que después de tal situación, todavía tiene voluntad de pedir ayuda para intentar, sin éxito, resolver alguna otra cosa? Y la misma voz a la que mis oídos ya casi se estaban acostumbrando, dice, automáticamente y sin querer decir: “tenga una buena noche”. Es exactamente eso – pensé – estamos precisando de una buena noche y de un buen café... con edulcorante, por favor.

quarta-feira, 3 de junho de 2009

Preparados, listos, ya!



Como solo algunas veces acontece, solté el pelo, pasé delineador marrón en los ojos y un labial que de nunca usarlo ya perdió hasta el color. Frio con sol, siempre es menos frio – pensé- Y salí, atrasada esta vez. Tomé un metro, y después otro. Primer interrogante del día: por cuál de las cuatro puertas salgo? Puede parecer una decisión simple, pero no lo es; cuando el número de opciones es mayor a uno, las decisiones nunca me resultan tan simples.

Finalmente tomé la que, analizando costo-beneficio, era la mejor, y en este caso mejor significaba: escalera mecánica y no tener que atravesar la Avenida Paulista. Que, puede resultar un hermoso paseo los domingos a las 4 de la tarde pero no lo es los martes a las 8 de la mañana donde hay dos grandes chances de ser atropellado: o por un auto, o por una persona.

Me dispuse a caminar y percibí que no tenía idea donde quedaba el lugar hacia donde iba. Decidí confiar en mi intuición y caminé. Es mejor caminar intuitivamente, que preguntar el camino a un brasilero. Veintisiete meses viviendo en este país me han enseñado que si no quiero caminar cuatro veces más de lo que preciso, nunca devo preguntar en la calle. Cuando hacia un rato que estaba moviendo mis piernas, cada vez más rápido, porque, como dije, estaba atrasada y eso es algo que todavía me causa estrés, visualicé un grupo de personas. Pronto, llegué. Estaba donde planeé estar, lo que no garante que despues de un rato, sea donde me quiero quedar. Pasaron dos minutos desde que pasé la puerta de entrada, recogí mi pelo, alimenté mis prejuicios y agradecí una y otra vez haber estudiado en una Universidad Pública.

Después de atravesar el patio, en busca de un nuevo puesto de información, porque las indicaciones recibidas solo eran suficientes para llegar a un tercio del camino, veo un grupo de personas atravesando un molinete y las sigo. Escucho que todos los que estaban adelante preguntaban por un evento sobre sustentabilidad. Yo iba a la presentación de un libro sobre Indicadores de Felicidad Interna Bruta. Debe haber dos salas en el mismo auditorio -pensé – y seguí camino hasta encontrar un afiche que dice: Indicadores de Felicidad Interna Bruta e Sustentabilidad. Sonreí, entendí que poco me importa la sustentabilidad y me sentí tímidamente irresponsable. Sentimiento que duró solo tres minutos, los tres minutos que le llevó a la recepcionista encontrar mi nombre en una lista, tiempo suficiente para percibir que nadie preguntó sobre el evento de felicidad, y sí sobre el libro de sustentabilidad. Decidí que era mejor preocuparme por la felicidad interna bruta porque de las cosas serias, otros estaban tomando cuenta.

Hice un rápido recorrido con la vista para encontrar un lugar y finalmente me senté en el medio de tres sillas libres; era un buen lugar: alcanzaba a ver el power point y la acústica del salón era buena. Exactamente diecisiete minutos después tuve una enorme voluntad de salir de ahí. No tenía nada de feliz esa exposición. Pero en la calle hacia frio y en la sala había calefacción, lo que se tornó motivo suficiente para quedarme un poco más.

Minutos después, desde el palco una voz insinuante y provocadora, como solo los que no se importan con nada tienen, dice “como alguien ya lo ha dicho, pensar que podamos continuar aumentando el consumo en un planeta naturalmente limitado, sólo podía ser pensado por un idiota o un economista”. Con el respeto y el cariño que le tengo a mis amigos economistas, yo acababa de entender la razón, que no era simplemente la calefacción, por la cual todavía estaba allí. Esta mañana merecía un café con azúcar… pero me lo serví con edulcorante.