Como solo algunas veces acontece, solté el pelo, pasé delineador marrón en los ojos y un labial que de nunca usarlo ya perdió hasta el color. Frio con sol, siempre es menos frio – pensé- Y salí, atrasada esta vez. Tomé un metro, y después otro. Primer interrogante del día: por cuál de las cuatro puertas salgo? Puede parecer una decisión simple, pero no lo es; cuando el número de opciones es mayor a uno, las decisiones nunca me resultan tan simples.
Finalmente tomé la que, analizando costo-beneficio, era la mejor, y en este caso mejor significaba: escalera mecánica y no tener que atravesar la Avenida Paulista. Que, puede resultar un hermoso paseo los domingos a las 4 de la tarde pero no lo es los martes a las 8 de la mañana donde hay dos grandes chances de ser atropellado: o por un auto, o por una persona.
Me dispuse a caminar y percibí que no tenía idea donde quedaba el lugar hacia donde iba. Decidí confiar en mi intuición y caminé. Es mejor caminar intuitivamente, que preguntar el camino a un brasilero. Veintisiete meses viviendo en este país me han enseñado que si no quiero caminar cuatro veces más de lo que preciso, nunca devo preguntar en la calle. Cuando hacia un rato que estaba moviendo mis piernas, cada vez más rápido, porque, como dije, estaba atrasada y eso es algo que todavía me causa estrés, visualicé un grupo de personas. Pronto, llegué. Estaba donde planeé estar, lo que no garante que despues de un rato, sea donde me quiero quedar. Pasaron dos minutos desde que pasé la puerta de entrada, recogí mi pelo, alimenté mis prejuicios y agradecí una y otra vez haber estudiado en una Universidad Pública.
Después de atravesar el patio, en busca de un nuevo puesto de información, porque las indicaciones recibidas solo eran suficientes para llegar a un tercio del camino, veo un grupo de personas atravesando un molinete y las sigo. Escucho que todos los que estaban adelante preguntaban por un evento sobre sustentabilidad. Yo iba a la presentación de un libro sobre Indicadores de Felicidad Interna Bruta. Debe haber dos salas en el mismo auditorio -pensé – y seguí camino hasta encontrar un afiche que dice: Indicadores de Felicidad Interna Bruta e Sustentabilidad. Sonreí, entendí que poco me importa la sustentabilidad y me sentí tímidamente irresponsable. Sentimiento que duró solo tres minutos, los tres minutos que le llevó a la recepcionista encontrar mi nombre en una lista, tiempo suficiente para percibir que nadie preguntó sobre el evento de felicidad, y sí sobre el libro de sustentabilidad. Decidí que era mejor preocuparme por la felicidad interna bruta porque de las cosas serias, otros estaban tomando cuenta.
Hice un rápido recorrido con la vista para encontrar un lugar y finalmente me senté en el medio de tres sillas libres; era un buen lugar: alcanzaba a ver el power point y la acústica del salón era buena. Exactamente diecisiete minutos después tuve una enorme voluntad de salir de ahí. No tenía nada de feliz esa exposición. Pero en la calle hacia frio y en la sala había calefacción, lo que se tornó motivo suficiente para quedarme un poco más.
Minutos después, desde el palco una voz insinuante y provocadora, como solo los que no se importan con nada tienen, dice “como alguien ya lo ha dicho, pensar que podamos continuar aumentando el consumo en un planeta naturalmente limitado, sólo podía ser pensado por un idiota o un economista”. Con el respeto y el cariño que le tengo a mis amigos economistas, yo acababa de entender la razón, que no era simplemente la calefacción, por la cual todavía estaba allí. Esta mañana merecía un café con azúcar… pero me lo serví con edulcorante.

Lo más lindo es imaginar tu carita sintiendo esas cosas que escribis. Y casi tanto es saber que a vos no te gusta preguntar en la calle, :)!
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