Un sinfín de acontecimientos, todos similares, independientemente del destino o cantidad de horas de vuelo que te separen de un lugar a otro, suceden 15 minutos antes que se cierre la puerta del avión hasta el esperado “Bienvenidos a la ciudad tal, son las x horas, horario local. El tiempo es bueno (o lluvioso) con x por ciento de humedad”.
El primer y más importante indicador de que el viaje será bueno o no, es ver una frazada en el asiento. Si está, el resto es totalmente secundario. Después de haber enfrentado una fila de 56 personas para embarcar, esperaba por lo menos, no pasar frio durante las próximas 6 horas.
Asiento 10 E. Pienso que en los aviones es uno de los pocos lugares donde las letras son mucho más importante que los números. La mía era E. Eso significa que si necesito ir al baño tengo que despertar a mi compañero de la derecha y dar paso a mi compañero de la izquierda, en caso de que también le vengan ganas. Si preciso algo de la mochila, tendré que esperar a que la persona que está al lado también precise algo de la suya, o deje de hacerse el dormido y me dé lugar, entre otras muchas situaciones posibles. La letra E en este caso significa “estás en el medio y aguántate piola”.
Si se tratara de preferencias, de día prefiero el pasillo y de noche la ventana. Pero esta vez no fue mi vez de elegir. Como otras tampoco lo han sido. Ya me tocó la última fila donde los asientos no se reclinan, y sentarme en la salida de emergencia donde no se pueden estirar los pies. Nunca en la clase ejecutiva, donde las almohadas son más grandes y el respaldo de los asientos más alto, como si el tamaño del pescuezo se adaptara a cuanto tenemos en la billetera o al límite de la cuenta de crédito. Una vez, hace poco tiempo, cuando desembarcaba, robé un neceser que había quedado en un asiento de primera clase. Confieso que fue pura curiosidad, aunque la justificativa no me libre del pecado! Como era de esperarse, tenía más cosas que los que recibimos el resto de los pasajeros, pero una cosa me llamó poderosamente la atención y todavía se roba algunos minutos de mis pensamientos … el sallete de la pasta de dientes contenía 3 gramos más, exactamente el doble del que yo había recibido. Curioso.
Solo 15 minutos habían pasado desde que entré. Ya había recibido la frazada. Las puertas se cierran y la azafata comienza su discurso con esa voz que siempre suena exactamente igual, no importa de donde provenga, la aerolinea que represente o el idioma que hable, el timbre de voz es el mismo. Después de decir su nombre, el del “comandante” y todo su equipo, los cuales nadie registra y nadie pronunciará en las próximas 6 horas, siguieron las advertencias, que pueden resumirse en tres grandes recomendaciones: “localice la salida de emergencia más próxima a su asiento; en caso de accidente coloque la máscara de oxigeno de acuerdo con las indicaciones del manual que tiene en frente y recuerde: su asiento es fluctuante”.
Me rio intentando imaginar a 138 personas, en medio del caos, decidiendo en cual puerta de emergencia hacer la fila. Debería haber también una “preferencial” como en las cajas de supermercado, pensé, mientras escucho la frase que le daría descanso a mi ironía: “La señora prefiere café, té, chocolate o jugo?”. Café con edulcorante, por favor. Lo de señora también era secundario.

huahuahua ironias de la vida...lo que más me gustó fue lo de los 3 gramos más de la madre esa de pasta de dientes...."Si usted tiene más varo, tiene derecho a dientes más fuertes!" que se chinguen los pobres con los dientes podridos... jejeje
ResponderExcluirjajajajajaja ayyy no Kariii, me encantannnn tus percepcionessssss!!!! jijiji me divierto mucho con tus historias ;) muak
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